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VOLVER... CON LA FRENTE EN FLOR

Si me hubieran dicho que este año estaría planificando mi regreso a mi pueblo natal, me habría reído. Nada más lejos de mis planes. Ahora ¿de qué planes estaba hablando? ¿Tenía planes? No, no los tenía. Pero la sola idea de volver me sonaba a multa de juego de mesa: "Retrocede tres casilleros". Así que nunca lo había considerado como una opción.

Boulevard veinticinqueño, por donde corría para hacer ejercicio y a la vuelta me compraba facturas pa'l mate.

Primero fueron los ruidos, el cobrar consciencia del ritmo extenuante y las distancias irrisorias de la capital para que comenzara a recordar con cariño la tranquilidad del pueblo, pero claro, ¿qué iba a hacer allá? Mente en blanco y a seguir con la rutina conocida.


Trabajo en relación de dependencia, pareja, gatos (además de un tortugo exiliado) y un alquiler en un dos ambientes. Funcionaba. Hasta que llegó el proyecto; el emprendimiento, los papeles, las telas, los cartones, las herramientas y demases. Y me di cuenta de que me estaba quedando corta de tiempo y espacio. Esa cuestión me llevó a pensar mucho, a escarbar en mi interior. Hice el bootcamp emprendedor de la genia de Cin, lo cual fue sumamente movilizante y comencé a trabajar el tema en terapia.

A veces uno cree que está seguro de todo, que la rutina tiene sentido, que lo preestablecido es ley, por decirlo de algún modo. Y otras veces la vida nos sacude y nos damos cuenta de que es fácil no tomar decisiones, pero llega un punto en que no se puede seguir por inercia.

Cuando vine a vivir a capital fue porque se suponía que era lo que tenía que hacer. Cuando comencé a trabajar en relación de dependencia en algo totalmente ajeno a mis gustos e intereses, fue por lo mismo. Trece años viviendo aquí, diez trabajando en la oficina. Y finalmente he descubierto que mi plan consiste en volver a la serenidad del pueblo, al silencio, a dormir la siesta y a dedicar la jornada de trabajo a producir algo que me colme el alma de abundancia.

A veces aparece el temor, pero ahora ya no salgo corriendo, opto por contemplarlo y aprender de él.

Tengo algunos miedos, claro está. Pero ya no me inmovilizan, pesa más en la balanza la necesidad de volver. Regresar al hogar, al punto de partida, sí, pero ya no como la Nana de diecisiete años que vino a vivir a la ciudad. Vuelvo acompañada, muy bien acompañada por mi amor humano y mis amores animales. Vuelvo con muchísimas experiencias vividas en las tantas vidas que he vivido en esta etapa. Vuelvo con mi taller casi armado fruto del trabajo de todos estos años. Vuelvo con una gran sonrisa. Ya no siento que se trate de un retroceso la vuelta, sino de un barajar y dar de nuevo, de volver a un punto clave para andar un nuevo camino. Me siento entusiasmada.


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